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Nueva Geopolítica,, primavera 2015

Teatros, estadios, cafés: los atentados urbicidas de París

Julio Burdman

     

Semanas atrás, el 13 de noviembre de 2015, entre las 21,20 y las 22,00 hs. tuvo lugar en París una serie de ataques terroristas coordinados, llevados a cabo por no menos de siete personas y que produjeron al menos 130 víctimas fatales. Fueron siete los objetivos: un estadio (el Stade de France, en Saint Denis), un teatro (el Bataclan, donde cayeron 90), y cinco cafés y restaurantes (Café Bonne Bière, La Belle Équipe, Le Carillon, Le Petit Cambodge y Comptoir Voltaire). Los asesinatos se cometieron con armas de fuego y bombas suicidas; todos los atacantes identificados murieron. Según informó la prensa, el Estado Islámico (ISIS-Daesh) reivindicó los atentados, alegando represalia por los bombardeos aéreos franceses sobre Siria e Irak.

Para París, la capital de Francia, éste fue el segundo hecho de violencia política de gran escala, y ejecutado por “fundamentalistas islámicos”, en lo que va de 2015. El primero fue el ataque a la redacción de Charlie Hebdo el pasado 7 de enero, en el que fueron masacrados 12 colaboradores de la revista, más dos de los atacantes [1]. Pero este segundo fue de naturaleza diferente. Lo de Charlie Hebdo fue una agresión dirigida a un grupo personas previamente señaladas. Un acto que puede parecernos demencial, e inspirado por el fanatismo religioso -Charlie Hebdo publicaba caricaturas satíricas de Mahoma-, pero fue personalizado e imbuido en una lógica de castigo. En noviembre, en cambio, las víctimas fueron impersonales. Coincidentales. En enero se atacó una redacción en particular, pero en noviembre la violencia se descargó sobre blancos que, en una primera lectura, no tenían ninguna connotación política, simbólica o emblemática, ni mucho menos militar. 



Sin dudas, esto plantea un enorme desafío para los profesionales de la seguridad. El Plan Vigipirate de prevención y respuesta antiterrorista tiene por misión fundamental “proteger a la población, las infraestructuras y las instituciones” de Francia y sus territorios de ultramar. En el fondo, el contraterrorismo continúa concibiendo a la violencia política como algo que se ejerce contra el Estado, y sus actores políticos y sociales. Pero a partir del 13 de noviembre, ¿qué es lo que hay que proteger? ¿Para qué reforzar la presencia policial y militar en los aeropuertos, las centrales termoeléctricas o la Asamblea Nacional, cuando lo que está ahora bajo fuego son teatros, estadios y cafés?

Toda violencia es portadora de un sentido. Sus actos debemos entenderlos en relación con sus consecuencias, y en función de lo que es violentado. Aquí, el objeto del ataque fue una actividad. Se aterrorizó al entretenimiento, y a los teatros, estadios y cafés donde la diversión tiene lugar común. Por eso, en este artículo propondremos interpretar los ataques de París como atentados urbicidas. Eso quiere decir que el objeto del ataque fue la urbanidad, la vida social en la ciudad, y todo lo que ella representa en términos geopolíticos. 

El término urbicidio se extendió a partir de la guerra de Bosnia, entre 1992 y 1995. Varios observadores identificaron allí un fenómeno que, sin ser enteramente nuevo en la historia de la guerra y el terrorismo, requería ahora ser explicado desde una lógica particular. En Sarajevo, Vukovar y otras ciudades bosnias, ejércitos serbios y croatas destruyeron edificios, viviendas y sitios emblemáticos de la vida social. Y se trató de acciones deliberadas, que fueron registradas por los observadores de la Unión Europea y Naciones Unidas que documentaron la guerra. Había una afinidad con los conceptos de genocidio y “limpieza étnica”, que se utilizaban para entender lo que sucedía en la antigua Yugoslavia. Pero, también, algo de específico en la destrucción del tejido urbano, que la diferenciaba de la otra violencia, la que toma por objeto a un pueblo o una comunidad. El matar ciudades no es un daño colateral de la llamada limpieza étnica, y no se reduce a la demolición de herencias culturales o a tener significados simbólicos (Coward, 2004): es algo más. 

Coward, uno de los autores del concepto (2004), sostiene que el urbicidio destruye la cultura material de la vida común, porque ella es la que permite la heterogeneidad. Serbios y croatas bombardearon el Instituto Oriental, el Museo Nacional, la Biblioteca Nacional o los teatros de Sarajevo, o el Puente Viejo de Mostar, porque esos eran los lugares de la coexistencia, Su destrucción era necesaria para el programa etnonacionalista: producir la separación de los grupos nacionales “homogéneos” en entidades territoriales soberanas. 

¿Por qué esto, y en París?

Uno puede preguntarse, lícitamente, si acaso los perpetradores de los crímenes de París habían pensado la destrucción de la urbanidad en los términos anteriores. Bueno, pues no podemos estar seguros de ello, y tampoco es lo importante. Tal vez, los genocidas de las distintas épocas y geografías tuvieron diferentes propósitos a la hora de planificar sus actos, pero eso no los hace menos genocidas, porque el genocidio es un hecho en sí mismo, y se define respecto del sujeto que lo sufre y no de las motivaciones del victimario. Tal vez, la muerte de un hombre en manos de otro pueda recibir diferentes significados y denominaciones desde la intención del agresor -reparación del pasado, dominación del otro, venganza, facilitación de un robo, defensa propia, apropiación perversa-, pero el hecho, indudable, la definición, es el homicidio. Lo que tuvieron en común los ataques coordinados de París, lo indudable, fue que se descargó el máximo nivel de violencia contra los lugares y las actividades donde transcurre la diversión. No hubo azar, ni personalización, en la selección de los blancos. Luego, está la interpretación del hecho a partir del análisis de sus consecuencias.

Otra pregunta lícita es si podemos hablar de urbicidio en un caso así, que involucra ataques de menor escala. Coward y otros han utilizado el término urbicidio para explicar grandes procesos de destrucción edilicia, ejecutados por ejércitos y milicias, que utilizan a ese efecto armamento pesado, topadoras (de hecho, Bulldozer es el nombre que la prensa anglosajona le puso al verdugo más famoso de ISIS-Daesh) y técnicas de demolición. Además de los mencionados casos en los Balcanes, se han caracterizado como urbicidas a campañas israelíes en el sur de Líbano y Gaza, a bombardeos aéreos sobre Bazora y Mosul, o la demolición entera del barrio Wadi al-Jouz en la ciudad de Hama, Siria, por parte de las fuerzas regulares. Se trata, después de todo, de una categoría que fue pensada para explicar un fenómeno que tiene vínculos con la limpieza étnica, y que encontramos en situaciones de guerra. Sin embargo, si la definición de Coward es correcta, lo urbicida se define en relación con el objeto y el sentido del ataque, lo que no se jugaría en su magnitud. 

Algo similar sucede con la otra categoría que le cabe a los episodios del 13 de noviembre, la de terrorismo. Siempre definiendo a la violencia en función de lo que es violentado, Graham (2004) sostiene que el terror es la “fuerza armada, o bruta, contra aquellos que pueden ser aterrorizados -por ejemplo, los que no son capaces de combatir”. Siguiendo esta definición, el terrorismo en sí no es un asunto de escalas: son terroristas los apuñaladores de transeúntes israelíes, porque buscan infundir terror en la población indefensa, y también los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, que buscaron lo mismo. El terrorismo puede ser estatal o no estatal, y también legal e ilegal; en los conflictos armados contemporáneos, que incluyen en forma recurrente a las ciudades como blancos de ataques, es cada vez más difícil distinguir entre la violencia armada terrorista y aquella que no lo es. Y el terrorismo estatal y legal es, sin dudas, el que más vidas humanas se cobra. La generalización de la práctica del terror hace del terrorismo una categoría ubicua, pero aún así útil para definir a este tipo de violencia como tal. Lo mismo cabe para los ataques contra la urbanidad, en tanto espacio de encuentro con lo diferente. En Bosnia, el urbicidio fue parte del programa etnonacionalista, ejecutado por fuerzas estatales con mandato legal, y también por paramilitares; lo de Paris del 13 de noviembre fue un ataque urbicida de escala menor, llevado a cabo por actores no estatales e ilegales, haciendo uso de herramientas rudimentarias. 

A fuerza de asesinatos masivos y los desplazamientos producidos por la violencia urbicida, los etnonacionalistas tuvieron cierto éxito en Bosnia. Antes, serbios, croatas y bosníacos vivían en regiones multiétnicas, se unían en matrimonios mixtos y aceptaban la identidad común yugoslava; tras la guerra, la población del país quedó redistribuida y étnicamente más segmentada. Erradicando los lugares y las actividades de la coexistencia, se naturalizó la idea de que los grupos diferentes debían vivir en entidades territoriales soberanas. En París, los ataques del 13 de noviembre también tuvieron consecuencias que tienden a construir diferencias: la política doméstica, la intervención internacional y la gestión de la seguridad interior están ayudando a ello. 

i. El impacto electoral de los atentados. Tres semanas después de las elecciones, el 6 de diciembre, se realizaron en Francia las elecciones regionales y la fuerza más votada fue el Frente Nacional, partido liderado por Marine Le Pen, que en primera vuelta obtuvo el 27,7 por ciento de los votos a nivel país y ganó 6 de las 12 regiones del hexágono. En segundo lugar había quedado la alianza de la centroderecha, integrada por Los Republicanos -el partido de Sarkozy- y la liberal Unión de Demócratas e Independientes, con 26,6; en el mapa adjunto de una elección caracterizada por el giro a la derecha, dividido por comunas, vemos en azul el avance de los partidos que prometen ponerse más duros con los musulmanes. Aún cuando la respuesta del presidente Hollande había sido dura. Pero luego, en la segunda vuelta del 13 de diciembre, el Frente Nacional pierde en todas las regiones, y no pudo dar su esperado pasaje por la gestión, con vistas a reforzar las cualidades de sus dirigentes para las elecciones presidenciales de 2017. En dos regiones clave, Nord-Pas-de-Calais-Picardie y Provence-Alpes-Côte d'Azur, donde Marine Le Pen y Marion Maréchal-Le Pen respectivamente habían hecho grandes elecciones en primera vuelta, superando en ambos casos el 40% de los votos, los socialistas, que habían quedado terceros, decidieron bajar a sus candidatos para promover la polarización y que sus votantes se vuelquen por los candidatos de centroderecha, que finalmente ganaron. Marine y Marion, hija y nieta del fundador del FN, Jean-Marie Le Pen, son las estrellas electorales del partido nacionalista de derecha, y la política tradicional se coordinó para bloquear su ascenso.  

Para Marine y Marion, tener que quedarse en sus bancas es una frustración. Y también lo es para Florian Philippot, número dos del FN y mano derecha de Marine, a quien la polarización también le bloqueó una posible victoria en el Este. Para Philippot, esa polarización del ballotage fue una “campaña del miedo” de parte de los partidos del sistema -las sociedades son diferentes, pero los manuales de campaña son los mismos-, pero de todos modos, admite, la confrontación existe: en 2017, la batalla nacional se dará, otra vez, entre patriotismo y globalismo, y eso significa que el FN está solo contra el resto. Y pese a que su partido volvió a perder, sigue creciendo en pos del objetivo presidencial. En diciembre logró el mejor desempeño electoral de la historia del partido, llegando al 30% en el segundo turno. Todas las interpretaciones del triunfo del FN, cabe recordar, se realizan en el contexto de los crímenes del 13 de noviembre. Una encuesta realizada en la semana anterior a la primera vuelta mostraba que el FN lograba un claro ascenso tras los atentados, y su campaña en las últimas semanas recrudeció sus contenidos anti-islamistas [2].

ii. La militarización de la ciudad. Solemos decir que la ciudad es el espacio de lo heterogéneo, el terreno de la sociedad, el hemiciclo de la negociación cívica. Otros autores nos recuerdan, mientras tanto, que la modernización de París fue un arquitectura de la militarización. Las reformas de Haussmann y Napoleón III en la París de la segunda mitad del siglo XIX -la haussmannización- penetraron la ciudad medieval con sus grandes avenidas y bulevares, lo que implicó demoler entre 1852 y 1870 casi el 60% de los edificios existentes. De acuerdo con Harvey (2003), la geopolítica de Haussmann fue el dominio del territorio de la ciudad. En las revoluciones de 1830 y 1848, el hacinamiento y las pequeñas calles laberínticas habían demostrado ser funcionales a los rebeldes y los insurrectos. En cambio la nueva ciudad moderna, surcada de las grandes avenidas que ahora conectaban a todos los distritos, permitió la entrada masiva de las tropas y la artillería del ejército de Versalles, y derrotó a la Comuna de París de 1871. Muschamp (2009, p. 559) agrega otro dato interesante: las “fábricas de sueños sin fin” (tiendas, teatros, cafés) de la nueva París habían sido pensados por Haussmann, como una “fachada” para esconder el hecho de que las avenidas habían sido construidas para facilitar el movimiento de tropas y cañones en caso de rebelión civil. Algunas décadas más tarde, Le Corbusier también había pensado una nueva ciudad, en clave militar. Pero el problema ahora no estaba adentro, sino afuera. La “ciudad radiante”, hecha de altas torres rodeadas de parques y verde (las famosas "megamanzanas”, con sus cuadras ochavadas de 200 metros), fueron concebidas para mitigar la destrucción de edificios y vidas humanas frente a la amenaza de la guerra aérea. La ciudad espaciada y construida hacia arriba era la que mejor se protegía de la “destrucción vertical” que descendía de los aviones. Los centros hacinados, para Haussmann y Le Corbusier, traían muerte política a la ciudad.


La modalidad terrorista que ahora ataca a la ciudad también podría dar lugar a nuevos diseños geopolíticos urbanos. En principio, como teme Saskia Sassen, ya están entre nosotros los nuevos dispositivos militares en el seno de la ciudad. La operaciones militares en terreno urbano (MOUT, en su sigla en inglés) han tenido cada vez más usos y regulaciones en los últimos años, incluyendo el control de las llamadas “protestas antiglobalización”. En Francia, hay una institución particular del conflicto urbano y los poderes asimétrico, que es el estado de urgencia. Creado en 1955 por el gobierno de Pierre Mendès, dota al Ejecutivo de poderes excepcionales para limitar la circulación de personas, detenerlas sin orden judicial, clausurar lugares públicos y otras prerrogativas que restringen la libertad en la ciudad. Pero con un elemento “liberal”, en comparación con el vilipendiado estado de sitio: en éste último intervienen los militares, mientras que en la urgencia actúan las policías. Que, cabe agregar, con el correr del tiempo han ido adquiriendo mayor preparación para hacer frente a estas actividades. De hecho, la manifestación en contra de la cumbre climática COP21, prevista para el 29 de noviembre, fue prohibida en este marco. El estado de urgencia entró en vigencia cinco veces en la historia francesa, y en todas ellas el origen de la tensión fueron los árabes musulmanes [3]. Las tres primeras, en los años 1955, 1958 y 1961-2, están asociadas a la guerra de Argelia y las actividades de su Frente de Liberación Nacional; la cuarta, en 2005, en los llamados “disturbios de París”, luego esparcidos por toda Francia y protagonizados por jóvenes musulmanes de origen nordafricano (los “jóvenes de los suburbios”). Y ahora, como respuesta a los atentados de París, la policía llevó adelante miles de inspecciones y allanamientos, cientos de interrogatorios y confiscò casi un millar de armas, sin órdenes judiciales y amparados en el estado de excepción, que el 19 de noviembre fue prolongado por ley. Casi todos los sujetos de estas inspecciones, allanamientos, interrogatorios y confiscaciones fueron musulmanes franceses o viviendo en Francia.

iii. El recrudecimiento de la intervención francesa en Siria. Entre 2007 y 2012, el presidente Nicolas Sarkozy transformó la política exterior francesa de la Quinta República, que inaugura De Gaulle en 1958. A lo largo de esas décadas, París tomó distancia prudente de la política exterior de Washington. Y en el último cuarto de siglo que precedió a Sarkozy, el consenso bipartidista se mantuvo en esa línea inaugurada por De Gaulle, tanto con Mitterrand (1981 - 1995) como con Chirac (1995 - 2007). Con la llegada de Sarkozy al gobierno, propone retomar la "alianza histórica" con Washington y la OTAN, rompe la mesa chica París- Berlín - Moscú que en los años precedentes había sido un foco de críticas  de la guerra antiterrorista de Estados Unidos en Irak y Afganistán, y entra en la confrontación en Medio Oriente. Dentro de su nuevo rol, Sarkozy se ubica a partir de 2011 en la vanguardia de la injerencia en Siria, y en la voz cantante contra el presidente sirio Bashar Al Assad. En 2012, junto con Estados Unidos y Gran Bretaña comienza a la ayuda militar a las "fuerzas rebeldes" que buscan derrocar el gobierno y un año más tarde, en medio de acusaciones contra Al Assad por el uso de armas químicas, Francia pide la intervención militar, lo que es rechazado por sus propios aliados. ya con Hollande en la Presidencia, a finales de 2013, París retoma la ayuda militar a los rebeldes. En septiembre de 2015, dos meses antes de los ataques terroristas, Francia ya había iniciado ataques aéreos contra y en la semana posterior al 13 de noviembre, se intensifican los ataques aéreos sobre blancos de ISIS-Daesch y sobre pozos petroleros bajo control  de esa organización.

* * *

Tres procesos que profundizan una separación. Entre las 130 víctimas de la masacre contra la vida urbana de París, había 20 nacionalidades diferentes. Eso solo es posible en una ciudad. Una de las razones por las que las redes terroristas tienen facilidad para reclutar voluntarios suicidas en Francia, es porque éste país tiene la población árabe musulmana más numerosa de Europa. Que es, también, la que tiene mayores problemas con su identidad. Por su propia heterogeneidad, y por la visión predominante sobre la misma. Alrededor del 8% de la población total francesa podría entrar en esta categoría; no lo sabemos con exactitud, porque los censos nacionales franceses no miden ese dato. No les interesa saberlo, porque la ley francesa asegura que todos son libres, iguales y fraternos. Francia tuvo una gran revolución en 1789. El imperio colonial francés fue uno de los más extendidos en el mundo árabe musulmán (Argelia, Líbano, Marruecos, Siria, Somalia, Túnez fueron parte de Francia), duró hasta hace pocos años, y siempre miró con antipatía a lo identitario que emanaba de esos territorios. Pese a que ahí pudo estar uno de los gérmenes de la sociedad civil. La prohibición del velo (y cualquier otro símbolo religioso) en las escuelas y oficinas públicas de hoy es la continuidad de una tradición republicana jacobina que negó y niega las diferencias culturales en pos de la igualdad, cuyos valores son incompatibles con el Islam. Muchos de sus antiguos súbditos coloniales terminaron cruzando el Mediterráneo: a principios de la década de 1960, casi un millón de argelinos se habían mudado a la Francia continental, en lo que fue la mayor migración a Europa de la segunda mitad del siglo XX. Esa amplia población, que ya cuenta varias generaciones de  culturas propias e irrepetibles, tiene dificultades para reconocerse como tal en una sociedad cuyas instituciones asimilacionistas no están preparadas para el multiculturalismo.

En los días posteriores a los atentados, periodistas y formadores de opinión franceses buscaron a referentes musulmanes que levantaran la voz en contra de la violencia. Y aparecieron pocos: los imanes de Drancy y Bordeaux, el rector de la Mesquita de París, y no muchos más. No hay, no puede haber, representantes de la sociedad civil. La comunidad árabe musulmana francesa es un conjunto heterogéneo, aún reciente (descolonización y migración son fenómenos del siglo XX) y que no cuenta con representantes legítimamente reconocibles, con el agregado de que muchos de sus posibles referentes no quieren participar de los debates públicos para evitar que la religión y la violencia política queden asociadas [4]. Mientras tanto, el 28 de noviembre se lanzó en París un Colectivo Contra la Islamofobia en Francia (CCIF), fundada por representantes de ONGs que se reconocen como "islámicas", para protestar contra los allanamientos y los interrogatorios en el marco del estado de urgencia. Todo esto crea más confusión, pero es necesario entender el proceso político y social que subyace. Podríamos decir que los fundamentalismos religiosos y los despotismos monárquicos aún ocupan los lugares vacíos que deja una sociedad que aún no puede reconstruir su tejido tras todo lo que ha atravesado. En ese punto, las intervenciones occidentales en el vasto mundo árabe musulmán, y los terrorismos fundamentalistas que provienen de ese mundo, se asemejan. Ambos, atacando los tejidos sociales y urbanos, han contribuido a fomentar las identidades separadas y escindidas. Hoy, la búsqueda de la identidad musulmana constructora de soberanía por parte de los extremistas islámicos, y la reducción de la cuestión árabe-musulmana a una dimensión cultural religiosa, son dos caras de la misma moneda, que pone de manifiesto los sentidos y objetivos de la violencia urbicida.

Conclusiones

En este artículo, sostenemos que los crímenes terroristas de París deben considerarse como ataques urbicidas, aunque de menor magnitud que los casos habitualmente clasificados de esa forma. Y ejecutados por un red no estatal e informal, que utilizó armamento rudimentario. El objetivo del ataque fue la vida social urbana, y la consecuencia política del mismo, en los días posteriores al hecho, ha sido un conjunto de hechos y fenómenos que contribuyen a separar los territorios identitarios de la población musulmana francesa y aquellos de la población no musulmana francesa. En una sociedad republicana que desciende del jacobinismo, que no conoce la “acción afirmativa”, esto conduce a excluir dos categorías: franceses de un lado, árabes musulmanes del otro. En tan solo tres semanas, se profundizaron las grietas entre la política francesa y los musulmanes (crecimiento electoral del Frente Nacional y de Los Republicanos de Sarkozy, pese al endurecimiento de Hollande); entre el estado francés y los musulmanes (militarización urbana y despliegue de un “estado de urgencia” reforzado por la nueva ley)-, y entre el país-Francia y la identidad musulmana global (recrudecimiento del ataque francés a Siria, con el consiguiente aumento del sentimiento antifrancés entre los musulmanes del mundo, que a su vez se retroalimenta entre los musulmanes de Francia). El sentido del urbicidio es destruir la vida común, y los ataques de París no lo han logrado, porque el tejido de las ciudades globales es vasto y denso, pero han aportado un granito de arena en el camino de la desintegración. Para ISIS-Daesh, que afirma perseguir el objetivo de crear un estado en territorios de Siria e Irak, y apela para ello a una identidad religiosa transnacional -la “nación de los islámicos”-, atacar los espacios de convivencia de Paris y “radicalizar las contradicciones” entre musulmanes y no musulmanes es algo funcional.

Uno de los aspectos terroristas de los ataques urbicidas de París fue, precisamente, rencontrar a esa población heterogénea de las ciudades, que se junta los viernes por las noches en teatros, estadios y cafés, con la guerra externa de la que su estado participa -y producir, de esa forma, su separación de los musulmanes. Y en ello, hay puntos de contacto con las consecuencias de las intervenciones militares de las potencias de Occidente en la región. Los ataques de París y sus inmediatas derivadas nos invitan a reflexionar sobre los efectos devastadores que tienen las guerras contra las ciudades, en cualquier época y lugar. No casualmente, se trata de un método perfeccionado por etnonacionalistas y genocidas para la consecución de su objetivo final: segmentar, separar, diferenciar lo que de otra forma estaría junto. 

Bibliografía

Coward, Martin (2004). “Urbicide in Bosnia”. En Stephen Graham, editor, Cities, War and Terrorism. Londres: Blackwell Publishing

Graham, Stephen (2004). “Cities as Strategic Sites: Place Annihilation and Urban Geopolitics”. En Stephen Graham, editor, Cities, War and Terrorism. Londres: Blackwell Publishing

Harvey, David (2003). Paris, Capital of Modernity. Londres: Routledge

Huriot, Jean-Marie (2013). “Haussmann, de la modernité à la révolution”, Métropolitiques, 15 février 2013. URL: http://www.metropolitiques.eu/Haussmann-de-la-modernite-a-la.html

Kastoryano, Riva (2006). “Territories of Identities in France”. Disponible en http://riotsfrance.ssrc.org/Kastoryano/

Muschamp, Herbert (2009). Hearts of the city. The selected writings of Herbert Muschamp. New York: Alfred Knopf

Referencias

[1] Las informes policiales incluyen también dos tiroteos producidos en los dìas posteriores como parte del mismo proceso de los atentados. En total, los hechos de enero cobraron 20 víctimas fatales y más de 30 heridos

[2] El sondeo, realizado a nivel nacional por BVA, anticipaba los resultados en las seis regiones en las que el FN obtuvo ventaja en la primera vuelta, y atribuía el ascenso a las tendencias de la semana posterior a los atentados. Nota de prensa disponible en:  http://www.liberation.fr/france/2015/11/29/forte-poussee-du-fn-dans-les-intentions-de-vote-aux-regionales-selon-un-sondage-post-attentats_1416978

[3] En rigor, hubo un sexto caso, en 1984, pero solo afectó a Nueva Caledonia, posesión francesa de ultramar en el Pacífico Sur. El gobierno nacional francés de entonces decretó el estado de urgencia allí para enfrentar la rebelión independentista promovida por el Frente de Liberación Nacional Kanako

[4] Bezouh, Malik (2015). "Après le 13 novembre : où en sont les musulmans de France (et pourquoi nous avons désespérément besoin de les entendre)?". Atlantico, 18 de noviembre de 2015. Disponible en http://www.atlantico.fr/decryptage/apres-13-novembre-ou-en-sont-musulmans-france-et-pourquoi-avons-desesperement-besoin-entendre-malik-bezouh-guylain-chevrier-2448773.html

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