Nueva Geopolítica,, primavera 2015
El mapa del luto de Bolivia y la cualidad marítima
Juan Eduardo Mendoza Pinto
El pasado 24 de septiembre, mientras en Bolivia se desataba un singular carnaval triunfalista tras el fallo de la Corte de La Haya sobre su competencia para tratar el fondo de la demanda boliviana, habló Ricardo Lagos. Con mapa en mano, el ex presidente de Chile recordó en una conferencia de prensa que “de los 2 millones 200 mil (que tenía en 1825), hoy Bolivia es un poco más de 1 millón 265 mil kilómetros cuadrados. Bolivia ha perdido más de la mitad de su territorio, y de esa pérdida Chile responde por el 11%; el otro 89% que ha perdido corresponde a Perú, Argentina y Paraguay" (El Mostrador, 24/09/2015). El dedo de Lagos, quizás sin saber, apuntaba a la fibra del sentimiento nacional boliviano, como es el mapa de su nación [1].
El mapa como espejo de una nación
Para Yves Lacoste, los mapas no son inocentes: en ellos se plasma una información seleccionada, que se representa según los intereses del poder político, que busca la trasmisión de un determinado discurso. Mapas y discursos están estrechamente unidos y dan forma a una representación geopolítica, es decir, un constructo intelectual o conjunto de ideas más o menos lógicas y coherentes. Una representación que, sobre todo si es colectiva, posee una función: describe, expresa, una parte de la realidad, de forma vaga o precisa, deformada o exacta (Lacoste 1995, p. 1279). Como es el caso del difundido mapa de Bolivia de 1825, que podemos ver en la figura siguiente.

En la mayoría de los estados, los mapas difunden o refuerzan una representación geopolítica positiva, relacionada con la grandeza de un pasado glorioso, que junto con el discurso genera una conciencia de orgullo nacional. Todo lo contrario sucede en Bolivia, como reconoce el historiador y politólogo Jorge Abastoflor, ya que allí prevalece en la educación una matriz histórica "derrotista” que afecta la vida de sus habitantes; "cómo puedes pedir que las nuevas generaciones sean exitosas, luchen por su país, lo defiendan, lo quieran, lo amen, tengan el espíritu de la victoria, si sólo les puedes enseñar la derrota; la ecuación es imposible” (Semanario Página Siete, 25/05/2014).
Esta situación se genera desde temprana edad, pues se enseña el "mapa del desmembramiento”, que es la imagen de los "territorios perdidos” (Acre, Chaco, Mato Grosso, Purús y el Litoral). Con respecto a ello, Carlos Mesa señala que “si a un niño boliviano tu lo educas con la teoría de que ha perdido un millón y fracción de kilómetros cuadrados, hay dos tesis que sustentar. Una, todos nuestros vecinos eran unos ladrones; dos, los bolivianos eran muy cojudos e imbéciles”, estimando que “es mentira flagrante que hemos perdido más de la mitad del territorio (…) ¿Cuánto ha perdido realmente Bolivia con Brasil? Yo diría que entre 25.000 y 30.000 kilómetros cuadrados, eso es muy diferente de 250.000” [2].
Éste mapa, que menciona Ricardo Lagos, ha sido denominado de diversos modos: mapa del luto, mapa de los fracasos, incluso mapa maldito. Para el historiador Mariano Baptista, “esos mapas, que se les distribuye en las escuelas a los estudiantes, y que muestran las pérdidas territoriales, son muy exagerados, pues nuestro territorio no llegaba tan lejos. Se habla de 2.300.000 kilómetros al nacer la república y es demasiado. No corresponde a la realidad, y contribuye a alimentar un enfoque negativo y pesimista en la enseñanza de la historia” [3].
Igual opinión tiene el historiador Raúl Peñaranda, quien considera que este mapa “es mentiroso, falso y que debería prohibirse. Excepto la pérdida del Litoral, que no sólo nos restó territorio, sino que anuló la cualidad marítima boliviana, los demás "desmembramientos” son discutibles y algunos de ellos directamente no existieron como los muestra el mapa. ¿O realmente alguien cree que Bolivia llegaba hasta las puertas de Asunción? ¿O que el país tenía soberanía sobre un territorio 600 kilómetros al norte de la actual Cobija?” (Semanario Página Siete, 12/06/2014).
Es necesario conocer, dentro de estas fronteras imaginarias, por qué la situación con Chile cobra una mayor importancia frente a otras pérdidas territoriales. Historiadores como Fernando Cajías y Fernando Paredes, sostienen que, si bien Bolivia perdió territorio con sus vecinos (Brasil, Perú y Paraguay), mantiene sus cualidades amazónicas, altiplánicas y chaqueñas, mientras que la merma del litoral significó la pérdida definitiva y perpetua de su cualidad marítima. Esto es explicado por Carlos Mesa de la siguiente forma: “la cualidad marítima, la vinculación con la cuenca del Pacífico, no pasó con ninguna de las otras pérdidas, si se puede cuantificar. Si puedes discutir el grado o medio grado, podemos decir si son 120.000 o 100.000, pero que estamos cerca, ahí no nos equivocamos. Es el único punto, por las razones anotadas, en el cual no hay donde perderse respecto de qué es lo que realmente se nos arrebató en términos de territorio; todos los demás son literatura”. Algo que, según Mesa, afectó en términos económicos, reconociendo que el único puerto boliviano, Cobija, no funciona “porque el puerto natural de Bolivia es Arica” (de la entrevista a Carlos Mesa antes mencionada).
La obsesión boliviana con Arica, que se gestó desde su independencia en 1825, y que le fue negada por Andrés de Santa Cruz a cambio de Cobija, luego de maremotos y epidemias quedó solo como el recuerdo de un fallido intento de tener un puerto en el Océano Pacífico. Se puede comprender que el objetivo de cualquier negociación con Chile es recuperar esta cualidad marítima, expresión ambigua y poco clara de la actual demanda boliviana, ya que lo normal, en los casos de reivindicación territorial, es que el demandante precise el espacio geográfico que reclama. Como cuando Venezuela reclama la parte occidental de Guyana o Nicaragua y Costa Rica, se atribuyen la desembocadura del delta del río San Juan.
En el caso de Bolivia, curiosamente parece no importar el espacio geográfico en cuestión, siendo igual si esta recuperación de la cualidad marítima se alcanza a través de un enclave en la antigua provincia de Antofagasta o por los antiguos territorios peruanos en Arica. En el caso de la primera opción, se cortaría la continuación territorial de Chile, lo cual hace inviable una posible solución en ese sentido, mientras que la segunda opción no deja indiferente a Perú, país que por vía del Tratado de 1929 [4] ha neutralizado cualquier fórmula que signifique perder su vinculación fronteriza con Chile -y, sobre todo, su influencia en Arica [5]. Arica cumple un rol geopolítico fundamental en las relaciones tripartitas de Chile, Perú y Bolivia. Con la salvedad de que, en el pasado colonial, Arica fue peruana, y desde 1880, luego del Asalto a la fortaleza del Morro, se unió a Chile; jamás ha sido boliviana.
Para finalizar, consideremos que cada Estado dibuja sus mapas en función de sus objetivos políticos, pero las exageradas pérdidas territoriales bolivianas hoy están siendo motivo de revisión por parte de historiadores que ven en ellas un elemento negativo, que fomenta el sentimiento de frustración en la población. Por eso, el mar o la llamada "recuperación de cualidad marítima" es una catarsis social, fomentada por discursos, ritos, banderas y desfiles. Que generan un elemento en el dividido cuerpo social de Bolivia, tal vez el único, que cohesiona a su población. Como reconoce en sus memorias el propio vocero de la demanda marítima, el ex presidente Carlos Mesa: “el mar se convirtió en el gran cohesionador espiritual del país, un tema que nadie pone en cuestión y que además fue el eje de aglutinamiento de la idea fuerza que tenemos, y que alimenta el patriotismo. Es una de las paradojas que explican en buena medida nuestra psicología colectiva. Una derrota histórica es la gran cohesionadora, a diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de las naciones”[6]. No cabe duda que el mar une a la sociedad boliviana, que es un factor de identidad; el discurso de la reivindicación marítima tiene un claro sentido de unidad nacional, que los líderes políticos han sabido utilizar a su favor. Mesa me lo ratifico personalmente al decir en la entrevista que “el mar nos une: podemos estar peleados en muchas cosas pero estamos todos de acuerdo en que nos han quitado el mar, y que el mar es el gran objetivo nacional”. Por eso ahora están en La Haya, donde se les ha escuchado. Pero ahora, es el turno de Chile de hablar.
Bibliografía
Lacoste, Yves (1995). Dictionnaire de géopolitique. Paris: Flammarion
Referencias
[1] Para más detalle ver: http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2015/09/24/lagos-sale-a-dar-catedra-y-aprovecha-tema-boliviano-para-instalar-imagen-de-estadista/
[2] Entrevista al ex presidente Carlos Mesa, realizada por el autor, en La Paz, el 28 de septiembre de 2009. Esta entrevista forma parte de la tesis doctoral titulada "La lucha por el control de los recursos naturales estratégicos en Bolivia. Análisis geopolítico de la guerra del gas durante el gobierno de Carlos Mesa Gisbert (2003-2005)".
[3] Al respecto ver Pablo Peralta Miranda, "Guerras ganadas o un intento por cambiar la concepción derrotista de la historia", en Seminario Pagina Siete, 25 de Mayo de 2014.
[4] El 3 de junio de 1929 se suscribió el Tratado de Lima por el que Chile obtuvo Arica y Perú recuperó Tacna. Asimismo, se firma de manera secreta, al principio, un Protocolo Complementario que establecía que ninguno de los dos países involucrados, Chile y Perú, podía ceder a una tercera potencia -especialmente Bolivia- la totalidad o parte de los territorios sin el acuerdo previo de la contraparte.
[5] Perú se opuso a cualquier fórmula que significara la cesión de Arica y Tacna a Bolivia. En las negociaciones fallidas de 1895, 1910 y 1926 se estudió la posibilidad pero con la firma del Tratado de Lima de 1929, la suerte de ambas provincias quedó atada a lo que se conoce como "la llave y el candado". En 1977, nuevamente Perú interfirió en las negociaciones chileno-bolivianas, valiéndose además de la vacilaciones bolivianas para concretar un canje territorial a cambio de un corredor que uniría a Bolivia con el norte de la ciudad de Arica.
[6] Mesa, Carlos (2008). Presidencia sitiada. Memorias de mi gobierno. La Paz: Plural (ver p.244).
Publicado el 16 de octubre de 2015
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