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Nueva Geopolítica, primavera 2015

Entre muros y puentes: globalización y geopolítica en el siglo XXI

Marcos Methol Sastre

      “Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia?”

William Shakespeare, Hamlet


Quiero comenzar agradeciendo especialmente la consideración de Julio Burdman al invitarme a incluir este artículo en el primer número de esta revista digital sobre geopolítica. Le deseo el mayor de los éxitos en este proyecto al que valoro fundamentalmente por dos razones: por generar un espacio de reflexión necesario sobre una (casi) desconocida disciplina para la mayoría de las personas (aún gobernantes) y hacerlo desde distintas tradiciones y enfoques académico-políticos; y por estimular el intercambio y la asociación de investigadores y de redes más allá de la órbita argentina, con perspectiva regional, lo que es, para todos nuestros países, verdaderamente estratégico.

Intentaré en estas líneas dejar planteadas algunas opiniones, en términos más políticos que académicos, sobre una discusión que me parece impostergable. 

Asistimos hace algunos días a una nueva conmemoración del 12 de octubre. Posiblemente la polémica y la confusión generalizada que existe en torno al significado de esta fecha que nos remonta a 1492 pone sobre la mesa dos cuestiones esenciales que siguen sin resolverse: qué es la globalización y quiénes somos los latinoamericanos.

De ninguna forma pretendo en este breve trabajo dar respuesta a estas interrogantes, sino apenas proponer un marco posible para abordarlas. Y me refiero a un marco de sentido. Porque solamente cuando definimos el sentido podemos aclarar los conceptos y definir un plan de acción sin chocarnos con el primer obstáculo o perdernos en caminos intermedios sin salida.

Mi padre, historiador católico, solía decirme que lo “evangélico” es la comunicación, mientras que lo “diabólico” es la incomunicación o la no-comunicación. El ser humano solo puede realizarse plenamente en y con el otro. O lo asume o lo aniquila mediante su destrucción o su olvido.

La historia de la humanidad es la historia de la mundialización. Paradójica como es, más que una línea recta se nos presentaría como un espiral. Es una historia de complejización. En la medida que el ser humano se expande por toda la Tierra, primero a pie, luego en barco y en avión, se ha organizado en agrupaciones sociales cada vez mayores: la familia, el clan, la tribu, la ciudad, el estado feudal y el estado nación. Hoy los actores políticos principales en el mundo contemporáneo son los Estados Continentales Industriales. De este modo, con el avance de las tecnologías de las comunicaciones y de la información, así como con el desarrollo espacial, la historia posiblemente transite gradualmente hacia un gobierno mundial unificado y, eventualmente, la colonización de otros planetas (siempre y cuando no nos auto-exterminemos). En este punto dejaré planteada una cuestión que merece ser estudiada en profundidad: la relación de los Imperios y las Ecúmenes. Hasta 1492 los Imperios tenían una extensión y vocación regional, pero a partir de la aventura de los grandes navegantes de los siglos XV y XVI, o sea, de la globalización autoconsciente, los Imperios requieren no solo una expansión global sino una vocación universal. Esa tensión se dio en América y desde el Sermón de Fray Montesinos de 1511 y la Communitas Orbis de Francisco de Vitória se ha señalado una forma de entender los derechos humanos y el derecho internacional para la globalización de la Ecúmene mundial.

Hace pocos meses estuve viendo una formidable serie documental producida por la televisión estatal china llamada Da Guo Jue Qi (The Rise of the Great Powers). Vale la pena detenerse a ponderar con este ejemplo el impulso estatal al pensamiento estratégico concretado en este caso en la concepción y el financiamiento de una importante guía histórica y programática, en la que se reunió a la élite de los historiadores chinos y el aporte de especialistas internacionales. Se trata de una síntesis sobre las enseñanzas que dejaron el auge y caída de los Imperios mundiales del mundo moderno [1]. Hay ciertas ideas fuerza que quedan destacadas: el poder marítimo (la vigencia de la geopolítica de Alfred Mahan), la innovación y el emprendedurismo, la Nación y los valores universales.

El siglo XX tuvo dos grandes bloques geoestratégicos: Estados Unidos y la Unión Soviética. Cada uno desplegó sus áreas de influencia ofensivo-defensiva y su propuesta ecuménica, instrumentalizadas en distintas teorías y praxis para alcanzar la “libertad” -individual o colectiva-, en un mundo que entraba en una fase de descolonización progresiva y se prestaba a organizarse en el sistema de las Naciones Unidas. Lo hacía bajo el paraguas de esas dos potencias, con las filosofías político-económicas del liberalismo capitalista y de la planificación comunista. Convivieron así movimientos nacionalistas y emancipadores en algunas regiones del tercer mundo con las revoluciones que exportaban estos dos hegemones: las democráticas y las socialistas. 

Dado que en política no existe lo “químicamente puro”, estas corrientes de acción y pensamiento se influyeron y convergieron, se encontraron y confrontaron, en diversas formas. Así, en nuestra América Latina, las tensiones entre panamericanismo y latinoamericanismo que databan de mediados del siglo XIX, se entremezclaron casi cien años después con las iniciativas del multilateralismo (Iniciativa para las Américas), con las ideas socialistas (las izquierdas latinoamericanas) y con los movimientos terceristas (nuevo ABC). Esas experiencias generaron sus propias antítesis (el foquismo, la doctrina de la seguridad nacional, los golpes oligárquicos) y degeneraron en otras versiones (neoliberalismo, estatismo, voluntarismo).

Pasado medio siglo, el mapa político actual en América Latina parece ir consolidándose con las instituciones liberales, un modelo social funcionalista y la geopolítica tercerista. El problema radica en el divorcio que existe entre estas tres esferas, la falta de diálogo y de una nueva síntesis. Algunos gobiernos que marcaron la década han pretendido llevar adelante políticas progresistas sin alterar la matriz institucional ni avanzar efectivamente en la unión regional. Les sobró audacia y les faltó creatividad. Las recetas perfectas se “derrumbaron” en Berlín en 1989 y en Nueva York en 2001. Ya lo dijo Marco Aurelio García: “antes teníamos pocos votos, pero muchas ideas. Ahora tenemos muchos votos, pero pocas ideas”. Y la derecha latinoamericana, por otra parte, es la nulidad absoluta, incapaz de cualquier ejercicio de pensamiento.

Todavía corren por carriles diferentes nuestras universidades, nuestros partidos políticos y nuestros bloques como MERCOSUR, Alianza del Pacífico y UNASUR. Hacen falta muchos más científicos e ingenieros, conductores políticos y cuadros con visión estratégica. Con un “arielismo” desaparecido y con recetas “derrumbadas”, las nuevas generaciones políticas tienen por delante un enorme desafío de reconstruir la épica y la ética de su modelo de unidad. Los discursos desarrollista y socialista están huérfanos de historia y de geopolítica, mientras que el discurso histórico-geopolítico está huérfano de pueblo.

Sin lugar a dudas la audacia latinoamericana ha jugado un papel muy importante en los últimos años para el resurgimiento de la dignidad económica de sus ciudadanos, que habían quedado postergados por millones luego de la fiesta neoliberal. También facilitó un inédito escenario de convergencia regional para una incipiente política sudamericana con la UNASUR. Sin embargo, este socialismo latinoamericano puede estancarse en la medida que no resuelva una especie de trauma que no le permite avanzar a nuevas síntesis: la era de los Continentes y la Nación latinoamericana.

Si para curarse en salud Estados Unidos precisa una enfermera, China un sacerdote y la Unión Europea una nutricionista, hoy América Latina necesitaría un psicólogo urgente. La auto referencialidad de nuestras izquierdas, las empuja cada vez más a esa micro-cultura de la resistencia, que se termina convirtiendo en victimización. En ese inútil afán se encuentran enemigos donde no los tienen. Y a la vez hacen gala de una sorprendente habilidad para incubar y gestar en su seno radicalismos que se les terminan insubordinando y poniendo en jaque la gobernabilidad.

Otra cosa distinta es la resiliencia [2]. Del verbo resilio, resilire: “saltar hacia atrás, rebotar”, la resiliencia tiene varios significados pero en psicología hace referencia a la capacidad de los seres vivos para sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas e incluso resultar fortalecidos. Así como los norteamericanos debaten su identidad y su supremacía entre promesas de reforma migratoria y el levantamiento de muros en sus fronteras; o los europeos encaran dramáticamente su unión política entre rescates y naufragios; nosotros los latinoamericanos no podremos avanzar en una arquitectura regional autónoma y en la propuesta de una alternativa de economía popular y solidaria, hasta que no nos reconozcamos como una Nación compuesta de diferentes culturas y pueblos, pero orgullosa de su historia y de su protagonismo pasado y por venir en el proceso globalizador.

A Alemania le costó muy cara su soberbia. Confundió la geopolítica del espacio vital con el expansionismo militar y a la Nación o Cultura con la raza biológica de las teorías racistas que estaban en boga. Pero la caprichosa historia le dio al pueblo alemán y a Europa, en este caso, una nueva oportunidad. Solamente después de ese desastre se reencontró con Francia en la Comunidad del Carbón y el Acero, la piedra fundamental de la integración europea. Y será la teología alemana en el Concilio Vaticano II la que sentará las bases de una nueva modernidad abierta la trascendencia, que sembró en América Latina en Medellín, Puebla y Aparecida. Tal vez esa fue la última oportunidad para los alemanes, cosa que no parece querer entender la dirigencia tecnocrática de la troika. La historia también es implacable con los que optan por “no-ser”.

El principal enemigo de la unión geopolítica sudamericana y de la unión nacional latinoamericana es la auto-negación. Deteriora de tal forma los cimientos de la integración que en esas fisuras se insertan los movimientos secesionistas, el crimen organizado y los agentes desestabilizadores. Me atrevo a aventurar que nuestra suerte como “ser-en-la-historia” está directamente vinculada a la capacidad de UNASUR de convertirse en un Estado Continental Industrial y a la penetración radical de la cultura hispana en Estados Unidos y Canadá. Y ambos procesos se necesitan recíprocamente para ser acabadamente exitosos.  

La geopolítica de UNASUR debería aspirar a su desarrollo endógeno contemplando el potencial de las principales cuencas hidrográficas del MERCOSUR (del Plata, Amazonia y Orinoco) y la bioceanidad Atlántico-Pacífico, para desplegar su proyección exterior hacia un equilibrio multipolar, con una geoestrategia definida respecto al Asia Pacífico, a Norteamérica y a la Antártida y el Atlántico Sur.

La globalización del siglo XX estuvo signada por las luchas por la liberación. En este siglo XXI esa globalización tiene otro carácter determinado por la expansión del capitalismo financiero y el Internet. Se hace imperioso fundar movimientos para el encuentro de las culturas, contra los sistemas de exclusión. Ya es inaceptable que los capitales especulativos tengan más privilegios que los trabajadores y migrantes para relocalizarse en el mundo. Solo la era multipolar de los Estados Continentales puede contribuir a superar los escenarios del “Fin de la Historia” y del “Choque de las Civilizaciones”.

¿Qué globalización proponen hoy Estados Unidos y China? Mientras Estados Unidos busca revalorizar artificialmente el dólar y extender su dominio geoestratégico a través del Tratado TransPacífico (TTP) y el Tratado TransAtlántico (TTIP) junto al despliegue de las Flotas aeronavales y la expansión de la OTAN, promoviendo activamente, por otra parte, las llamadas “revoluciones de color”; China ha devaluado artificialmente el yuan para favorecer sus exportaciones y buscando lograr que esa moneda sea utilizada como reserva de los bancos centrales de otros Estados, otorga importantes créditos y financia grandes obras de infraestructura alrededor del mundo (Nueva Ruta de la Seda, Canal de Nicaragua, corredor bioceánico sudamericano, etc.) y ha creado la Organización de Cooperación de Shangai como alternativa a la OTAN. 

Por el momento estos dos Estados Continentales no han tenido confrontación bélica directa, aunque sí se propinan desde hace varios años agresiones recíprocas a través de la ciberguerra y la guerra de divisas. Si bien la política exterior respectiva de ambos ha contemplado importantes concesiones por la paz, como en el caso del acuerdo nuclear con Irán, sus lineamientos y por sobre todo sus acciones distan de proponer una multipolaridad efectiva.

De esta forma, UNASUR tiene un margen muy limitado de movimiento. Considero muy apropiada la intención de su secretario general, Ernesto Samper, de establecer vínculos entre la Alianza del Pacífico y MERCOSUR. Lejos de caer en una actitud maniquea, los sudamericanos tenemos la exigencia de mantener una relación apropiada con Washington y Pekín. Correlativamente, a partir de una política inteligente y en cooperación con los otros bloques regionales, construir gradualmente autonomía, reforzando la unidad y defensa continental, forjando ciudadanía común y expandiendo los límites de nuestra cultura.

Referencias

[1] Los 12 capítulos de la serie documental Da Guo Jue Qi, en su versión en inglés, son: 1) Age of Seafaring: The Opening, Portugal and Spain; 2) A Small Nation with a Great Cause: the Netherlands; 3) Advancement Towards a Modern Age: Britain; 4) The Pioneer of Industrialisation: Britain; 5) Years of Enthusiasm: France; 6) History of an Empire: Germany; 7) A Century of Reform: Japan; 8) Seeking the Way to Strengthen the Nation: Russia; 9) An Unstable Situation and a New Path: Soviet Union; 10) A New Nation and a New Dream: United States; 11) Crisis and the New Deal: United States; 12) Thoughts on the Great Path: Conclusion.

[2] Me resultó inspirador el título de un excelente trabajo que recomiendo: Rivarola Puntigliano, Andrés y José Briceño-Ruiz, co-editores (2013). Resilience of regionalism in Latin America and the Caribbean. Development and Autonomy. Londres: Palgrave Macmillan. 


Publicado el 10 de noviembre de 2015

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